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Las Posadas


Ya Don Rafael Solana se lamentaba hacia 1965 que la celebración en México de la Navidad y las Posadas había cambiado y palidecido más en un periodo de cuarenta años que en los doscientos años anteriores. Poco variaba la tradición de las posadas narradas por las crónicas del s. XIX y la de los años veintes del s. XX, y mucho entre los albores y mediados de ese siglo. Todavía más, cuando Don Antonio García Cubas mencionaba en “El libro de mis recuerdos” (1904), a las “Fiestas de navidad”, “Las Posadas”, “Los Nacimientos”, “Misas de Aguinaldo y de Gallo” y “Las pastorelas”, se refería a ellas como tradiciones pasadas, las de su propia infancia (había nacido en 1832).

El origen de estas celebraciones en México puede considerarse como inmemorial. En 1945, don Mariano de Carcer afirmaba que vinieron de Andalucía y que fue un culto “legado por los colonizadores y festejado durante siglos en casas particulares y conventos”; pero posiblemente esta celebración coincidió, como la festividad de la Virgen de Guadalupe, con alguna de los antiguos habitantes del Anáhuac, pues sólo eso explicaría el arraigo que estas fiestas lograron en el pueblo. Casi no se tiene noticia de la conmemoración de este novenario en otros lugares, lo que la hace una fiesta particular y mexicana; y aún capitalina, puesto que en otros puntos del país se celebra la Navidad de diversas maneras.

El investigador Germán Andrade Labastida, sostuvo en 1942 que las posadas nacieron en el pequeño pueblo de San Agustín Acolman, a un lado de las pirámides de Teotihuacan, lugar sagrado de la Mesoamérica indígena. Afirmaba que “los aztecas celebraban con toda pompa el nacimiento de Huitzilopochtli, y esta ceremonia era precisamente en la época de Navidad; por la noche y al día siguiente había fiesta en todas las casas, donde se obsequiaba a los invitados suculenta comida” y unas estatuitas o ídolos pequeños hechos con una pasta comestible llamada tzóatl, hecha de maíz azul, tostado y molido, mezclado con miel negra de maguey.

La analogía entre la fiesta ritualística azteca y la del nacimiento de Jesús, hizo que los frailes agustinos se aprovecharan para infundir en los indios la nueva religión. Para ello, durante los mismos días que los aztecas usaban para sus fiestas, los frailes hacían una representación cada uno de los nueve días anteriores al 25 de diciembre, de las jornadas que hicieron de Nazaret a Belén, José con su esposa María, para cumplir con la obligación de empadronamiento a que estaban sujetos todos los judíos, dando con esto origen a las fiestas caseras conocidas como posadas. Las nueve jornadas simbolizan los nueve meses de embarazo de María.

Fray Diego de Soria, prior del convento de San Agustín Acolman, obtuvo del Papa Sixto V, una bula para celebrar en la Nueva España unas misas llamadas de aguinaldo, que deberían celebrarse del 16 al 24 de diciembre. Pero con el tiempo la gente fue resistiéndose a celebrar estas fiestas en los atrios de las iglesias o en los conventos, para ir gradualmente regresando a la costumbre indígena de celebrarlas en las casas, con reminiscencias prehispánicas como el obsequio de figuritas y el reparto de dulces y golosinas, “colaciones”, tal como todavía se conocían hacia mediados del s. XX, al finalizar la ruptura de la piñata, de cuyo simbolismo el mismo Germán Andrade afirma:

“La olla, revestida vistosamente, representa a Satanás o al espíritu del mal que con su apariencia atrae a la humanidad. La colación que encierra, los placeres desconocidos que ofrece al hombre para atraerlo a su reino. La persona vendada, a la fe, que debe ser ciega y que se encargará de destruir el espíritu maligno. El conjunto: la lucha que debe sostener el hombre valiéndose de la fe, para destruir las malas pasiones”.

Antes de romperse la piñata la procesión recorría toda la casa o vecindad cantando la letanía; terminada ésta, hacía alto la procesión y pedía la Posada, para cuyo acto las cantantes se dividían en dos grupos, quedando uno dentro de la casa o pieza elegida y otro fuera con las andas y con la mayor parte de la concurrencia, hasta que se daba hospitalidad a los Peregrinos.

Hacia los años veintes y treintas del siglo pasado, eran comunes los puestos de piñatas, de peregrinos, de canastitas y colaciones para el aguinaldo, de musgo y heno, de frutas secas y orejones, de confites, cacahuates, limas, naranjas, guayabas, cañas y tejocotes que se instalaban en un gran mercado alrededor de la Alameda Central de la ciudad de México. Cuando estos puestos desaparecieron del lugar se diversificaron en varios lugares de la ciudad, confinándose en la actualidad, con lo poco que queda de la tradición, a los mercados públicos.

Se ha reiterado que las posadas perdieron su sesgo religioso, a cambio de una fiesta social, en donde se comía y se bailaba; pero en la actualidad ni siquiera existen los bailes, las comilonas ni las parrandas a que las posadas dieron pretexto. Ya no se juntan los inquilinos de una vecindad –que cada vez son menos por el crecimiento de condominios encerrados- para repartirse las fechas de organización, la religiosa y la banal, de las posadas.

Se cumplió el pronóstico de Don Rafael Solana hace cuarenta años. No ha quedado casi nada de la antigua costumbre, prehispánica o colonial, de celebrar estas fiestas caseras y alegres, en honor del nacimiento de Huitzilopochtli o de Jesús. Sólo quedan pequeños residuos irreconocibles, apenas descritos en libros antiguos, o narrados por viejos periodistas que todavía conocieron las posadas en su esplendor y que pueden hablar de ellas con la melancolía y la nostalgia de una tradición del México que se perdió.

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